Wednesday, July 20, 2005


DISOLVENCIA



Siete está sentada sobre la cama con las piernas cruzadas. Mientras mira por la ventana, fuma un cigarrillo. Ocho no deja de mirarla. Siente muchas ganas de besarla, de palpar su sabor. Ocho se acerca y le da un cálido beso en la nuca. Se quita la camisa y se queda en Seis. Siete está anhelante, la pasión que la empapa la impulsa a deshacerse de sus tacos y falda. Ahora es Cinco. Seis sigue explorando el cuerpo de Cinco y por urgencia se deshace del pantalón que lo cubre y se convierte en Tres. Cinco hace lo mismo con su blusa convirtiéndose en una vulnerable Dos. La lluvia de deseos impulsa a Tres a despojarse del resto de la ropa que oculta su piel. Tres es ahora Uno. Dos y Uno se entregan al beso, al contacto. Envuelto en una mezcla de delirio y frenesí, Uno le arranca toda la ropa a Dos. ¡No! Dos grita. Desaparece. Uno la sigue. Cero.

LA RANA

Sucede sólo cuando siento que no resalto, que no asombro, que no brillo. Sucede sólo cuando detecto la presencia de alguien que es más interesante que yo. Sucede en lugares blancos, minimalistas, con mucha luz, con protagonistas, con humo de puros; frente a miradas sabias, conocedoras, punzantes. Es ahí cuando me siento rana. Una rana verde sólo verde, con ojos saltones y miedosos. Estoy sentada sin moverme, con mis ancas firmes como si fueran de yeso. Mi abdomen es la única parte de mi cuerpo invertebrado que se mueve, que late. Ese latido es el que delata mi angustia, mi inseguridad antes de pronunciarme. Es ese movimiento grotesco el único indicio que me confirma que sigo viva, que estoy viva, viva entre tantos humanos que no se sienten ranas, que no son ranas. Tengo el presentimiento que el resto sabe y conoce mi animalidad. Todos me ven convertida en rana y todos callan, y continúan con su discurso inteligente sin mencionar o aludir a mi metamorfosis. Me he convertido en rana y todos me ignoran.
Nadie se detiene a preguntarme cómo estoy, cómo me siento enclaustrada en esa piel áspera y cruda. ¿Es que a nadie le sorprende mi cambio? ¿O es que a nadie le importa? Ellos continúan hablando con términos que no entiendo, siguen remitiéndose a teorías que no comparto, que no soporto. Soy una rana sentada en un café, en un aula, en una fiesta, en una cueva, en el mar, bajo la lluvia. Soy una rana rodeada de personas cultas que miran mis párpados húmedos como si estuvieran viendo los párpados húmedos de una mujer que ya no soy.
Tengo ganas de encender un cigarrillo. No tengo cigarros. No me atrevo a inclinarme al oído de ese hombre que guarda en el bolsillo de su camisa una cajetilla de Gitans. Sería absurdo pedirle uno, las ranas no fuman, las ranas no toman café, no hablan, sólo miran aterradas.
El reloj ha muerto frente a mis ojos. Ya no hay tiempo. Cuando soy rana no hay tiempo, entonces no hay prisa ni paciencia ni espera.
No soporto callar. Tengo que decir algo, lo que sea, una palabra: frontera, catarsis, paraguas, aluminio. No pensaré lo que voy a decir, sólo voy a decir. Y entonces abro esa boca mucosa que ha estado cerrada por tanto tiempo, aunque el tiempo ya no exista. Mis labios se besan antes de despedirse. Mi boca lactosa se abre como un bostezo y de repente sale de mí un lenguaje absurdo, ambivalente: BUAK MUAK LAJ BUA. TAP CAJ MUAG LAJ. Ese es mi lenguaje, el lenguaje de una rana. Y cuando una rana habla el resto calla. Todos me escuchan manteniendo la misma mirada que tienen cuando miran a cualquier otro hablar. De repente alguien me contesta. Lo hace en español, yo lo entiendo. Mi boca se abre nuevamente como un baúl, como una cueva desesperada por la oscuridad. Otra vez esas palabras raras: GUAF MAJ KAL PAJ. Cuando termino, todos ríen, comparten lo que digo, acotan, añaden, preguntan. Mi boca sigue abriéndose y sigue escupiendo palabras de rana. Es curioso no entender lo que digo y que el resto lo haga. Quizás no soy la única rana. Quizás todos se sienten así, todos sienten que lo que hablan es amorfo, abstracto, incoherente. Tal vez no sea la única insegura, dubitativa, medrosa. Lo somos todos y todos estamos impresionados con la manera de ignorarnos unos a otros. Estamos tan sumergidos en nuestro pavor de ser ranas que no nos damos cuenta que en realidad todos lo somos, que siempre lo fuimos. Ranas. Ranas del verbo ranear, del adjetivo ranezco, del adverbio ranamente. Somos tan ranas como humanos, tan humanos como ranas. Somos invisibles para el resto y latentes para nosotros mismos. Somos ego centristas, yoistas.
Sentirme rana ya es parte de mi día, de mi vida. Lo asumo, lo acepto. Hoy que sé que todos somos ranas ya no tengo miedo ni asco de serlo. Somos todos iguales, idénticos, calcados, clonados. No me gusta que el resto sea igual a mí. Creo que he dejado de sentirme rana. Me siento vaca.

TU LOCURA LA MÍA



Mi nombre es Chiara, y estoy loca.

Sí, estoy loca. Loca porque vivo en Buenos Aires, sola, desde que era casi una niña. Loca porque me gusta ir al cine sin compañía y porque no como aceitunas. Loca porque me enamoro de quien no debo y porque aún me chupo el dedo. Estoy loca (y esto confirma mi diagnóstico) porque creo que no lo estoy.

Soy de las personas que en ocasiones se siente rana o vaca. Soy de esas que disfrutan manejar en una carretera desierta y pegar gritos, alaridos; sólo para sentirme viva o menos muerta. Soy de las pocas personas que da todo por una almohada de plumas para poder desplumarla. Soy de esas que se esconden bajo las sábanas los domingos y lloran en silencio. Los miércoles soy el número siete, dueña de los colores del arco iris, de las notas musicales, de los enanos de Blanca Nieves. Los jueves soy 31, los jueves soy pobre.

Soy de las personas que en ocasiones se come todas las uñas menos una, sólo por evitar el remordimiento, o para no cruzar el límite. Soy de esas que pasa de la risa al llanto y del llanto a la carcajada. Soy de las que adoran los jeans viejos y la mermelada recién hecha. Soy y no soy, soy cuando quiero y cuando no quiero también soy.

Soy impaciente y la vida me ha pedido que este año sea paciente. Soy graciosa cuando quiero y no suelo mirar a los ojos. Soy de las personas que le escribe cartas a los muertos, que recuerda episodios de agua y que está llena de anécdotas rarísimas, rarísimas!

Soy de las personas que en ocasiones se siente fuego o impresora, lupa o espejo. Soy de esas que tienen la letra prolija y las zapatillas sucias. Esas que caminan como pato y sueñan con tener una hija. Soy escalera, viento, licuadora, abrazo, silencio.

Soy de las que cuentan todo: rejas, colectivos, rubias, perros vagabundos; y observo, a todos: niños, cómicos, mujeres amargadas, hombres fieles. Me gusta imaginarme sus miedos y dudas, pero sobretodo sus pijamas y el color de sus cepillos de dientes.

Soy de esas que siguen enojadas con Dios por no haber recibido un par de alas; esas que tienen una mejor amiga que es hombre, esas que se molestan cuando le cortan las colas a los perros o no dejan a los niños llorar. Soy de esas, que cuando eran niñas, le rogaban a Dios por un par de tetas para así poder conseguir un buen novio.

No uso reloj, me gusta mi nariz y dormir en la playa. Y así, como me ves, tan simple y tan normal, para el resto sigo siendo una loca. Pero a mí eso no me preocupa, al contrario me conviene, porque todos saben que a los locos hay que seguirles la corriente.

¿Por qué Frontera?

Porque siempre estamos de un lado. Porque siempre vemos un sólo camino. Porque no escuchamos. Porque creemos que siempre tenemos la razón. Porque hay opiniones más interesantes que las nuestras. Porque crecemos cuando vemos con los ojos de los demás. Porque podemos celebrar los goles de los dos equipos. Porque odio la arrogancia. Porque no soy déspota. Porque quiero que me escuchen y quiero escuchar.

Bienvenido a mi frontera. Hazla tuya si quieres.